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Les voy a referir un caso curioso,
que a muchos de ustedes será provechoso:
A Ursulina y Paco, que se idolatraban,
para el matrimonio horas les faltaban.
Y unos días antes, con gran embeleso
Ursulina y Paco se dieron un beso.
Mas ella al besarle, le dice a su Paco:
—¡Y cómo te hiede la boca a tabaco!
Si no dejas ese vicio tan maldito
¡ya no nos casamos, querido Paquito!
Desde aquel instante dejó Paco el vicio,
haciendo al dejarlo un gran sacrificio.
Triunfó la coyunda de la nicotina
y al fin se casaron Paco y Ursulina.
La noche de bodas hubo alegremente
comilona y baile, como es consecuente.
Terminóse el baile y Paco al momento
se llevó a Ursulina para su aposento.
Úrsula esperaba, como toda esposa,
que allí le dijera Paco alguna cosa.
Y el truhán de Paco se hizo el distraído
y profundamente se quedó dormido.
De aquella conducta tan inesperada,
Úrsula prudente no le dijo nada.
Pensó que su esposo se hallaba cansado,
aunque no es lo propio de un recién casado.
Pasaron los meses, sin que Paco diera
a su linda esposa un beso siquiera.
Ni de hacerle un mimo Paco se aprestaba,
por más que Ursulina se le arrejuntaba.
Pues es incorrecto de una buena esposa
dejar de ser digna y muy pudorosa.
Mas de aquel estado se cansó de fijo
y una noche a Paco, tímida, le dijo:
—¿Qué te pasa, Paco? ¡Te veo tan triste!
¿Es que de casarte ya te arrepentiste?
Mira que impaciente te estoy deseando,
¿acaso te hiciste ya del otro bando?
¡Despierta, mi vida! Tiritando espero.
Que si no me besas, ¡me muero, me muero!
Y el truhán de Paco se hacía el dormido
y así contestaba con un gran ronquido.
A la madre entonces, ante aquel fracaso
Úrsula apenada fue a contarle el caso.
Y la vieja vino hecha un basilisco
y gritando al yerno, le dijo: —¡Francisco!
¿Quieres contestarme inmediatamente
el porqué mi niña te es indiferente?
¿Te haces el tarugo, o no lo supones
que como marido hay obligaciones?
—Sí lo sé, señora, ¡eso se adivina!
Mas la culpa toda la tiene Ursulina:
¡que ya no fumara, terca me ha pedido,
y yo sin tabaco soy hombre perdido!
No puedo animarme, no tengo energía,
no sé entusiasmarme, ni tengo alegría.
Úrsula y su madre dejaron a Paco
y corriendo fueron a comprar tabaco.
Y entre picaduras, cigarrillos, puros
se gastaron ciento treinta y siete duros.
Y desde el momento que llegó el tabaco
comenzó la dicha de Ursulina y Paco.
Cada vez que un puro Paco se fumaba
de una nueva dicha Úrsula gozaba.
Y los dos contentos, y los dos dichosos
fueron un modelo de buenos esposos.
A los pocos días de esta paz bendita
de Úrsula los padres fueron de visita,
a ver a sus hijos, que antes tan violentos,
hoy con el tabaco se hallaban contentos.
—¿Qué tal, hija mía? —la madre le dijo—.
Noto en tu carita cierto regocijo.
¿Conque la conducta que observaba Paco,
era solamente por lo del tabaco?
—¡Pues era solo eso, madre idolatrada!
Ahora sí, te juro, no me falta nada.
Desde que ya fuma mi querido esposo,
no hay hombre más bueno, ni más cariñoso.
Cada vez que un puro fuma mi marido,
¡cómo me acaricia, tan agradecido!
Son lumbre sus manos, su beso es delicia,
y por todo el cuerpo tierno me acaricia.
Ya no paso penas, ya no paso apuros,
¡hoy ya se ha fumado diecisiete puros!
Don Juan Recaredo, padre de Ursulina,
no había fumado ni una tagarnina.
Así es que la vieja pensó si el tabaco
surtía el efecto, lo mismo que a Paco.
Entonces le dijo: —¿Por qué tú no pruebas
fumar Recaredo unas cuantas brevas?
Te noto hace tiempo tan alicaído,
tan desamoroso, tan desfallecido,
que puede que el ánimo así se levante
y el tabaco sirva como estimulante.
¡Ándale, viejito, fúmate este puro
y vente conmigo al salón oscuro!
Don Juan Recaredo contestó al momento,
poniendo al hablar mucho sentimiento:
—No creas, esposa, que pueda el tabaco
surtirme el efecto, lo mismo que a Paco.
El ánimo mío ya no hay quien lo suba,
¡ni fumando entera esa isla de Cuba!